Inventario de una expedición

Liudmila Quincoses

Arca, muro

He puesto una piedra donde se han enredado las constelaciones,
he puesto una centella que blanquea el cielo,
mi alma toda para construir esta casa.
Haré dos plantas y una escalera para unir mi tierra
y mis cielos.
Bajo el techo verde de la pérgola
colgaré mil pájaros prendidos por hilos invisibles.
Quiero un sótano ancho
donde sepultar mis dudas, mi vergüenza.
Necesito una máscara,
una puerta de madera pulida, con aldabas de hierro.
Quiero un arca, una casa con muros, un jardín cerrado
donde tejer la vida que me queda,
donde olvidar…



Alguien ha cerrado las ventanas a la plaza

Hay una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por que ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo,
fundarla.



Duplicación del trueno

Te veo sentado al borde de la fuente
mirando el camino que la tarde duplica,
que duplica el trueno.
Mueves los dedos bajo el agua imaginaria,
el agua te calma el calor.
En la plaza hace mucho tiempo que nadie canta,
que nadie aplaude bajo la lluvia,
que nadie saluda el bellísimo sonido
del trueno duplicado.



Arcos sobre el río

Me dan miedo esos arcos de piedra que un día se derrumbarán,
arcos perfectos y misteriosos,
hechos para ser contemplados desde una barca,
en pleno río.
La profundidad del remolino hace ver las márgenes
de otra manera.
Me dan miedo los ahogados
que descansan en los cimientos del puente
esperando que mi barca pase.
Siento sus dulces palabras en mis oídos,
veo sus cuerpos traslúcidos.
Abandono esos arcos, vuelvo a la orilla.
Pero no dejo de sentir esas palabras,
no puedo dejar de ver esas manos,
agitadas en señal de despedida,
o de reclamo.



Plaza de Jesús

Veo la mano aquella que me señalaba la plaza,
como un deslumbramiento.
Miro los bancos,
la iglesia de piedra hermosa y destruida,
del Cristo solo quedan los pies,
y en las columnas los huecos de los nichos,
el espacio vacío de los santos en las paredes.
Jugamos al eco,
unos pájaros se asustan
y vuelan
en círculos sobre nuestras cabezas.
Me muestras la iglesia con mucha atención,
me muestras los techos,
las figuras borrosas de los ángeles.
El viento a veces entra y la luz dibuja
otras visiones.
Como si fuera la tarde última
miramos al cielo.
Escucho la campana que no existe
llamando a la misa de la tarde.



Los albañiles toman sus cervezas en jarras de metal…

Los albañiles toman sus cervezas en jarras de metal,
miran con ojos cansados la fuente seca.
No te vayas,
no dejes destruir la plaza.
No dejes de mirar este sol
como si fuera el último,
como si nunca acabara.



Bajo el cielo, en la tarde que se apaga…

Bajo el cielo, en la tarde que se apaga
Aquí no hay nada,
vuelvo al reflejo de la tarde sobre la moneda,
no hay nada.
Los árboles enormes se han desvanecido,
no hay nada.
Las estatuas se cuartean
y los niños acuden al pedestal
para guardar piedrecitas de mármol,
dedos y manos de la estatua.
No hay nada.
Me gusta contemplar la calle
y verte hacer cosas.
Pones una reja para que no crucen los hombres,
para que los animales no la puedan
atravesar.
No pareces real,
tan vivo,
rodeado de tanta soledad,
de ese vacío.



Caja de agua

Íbamos a la casa de unas costureras,
me sorprendía la penumbra de la sala,
los adornos de una gastada porcelana,
los tesoros de aquellas pobres damas.
Nunca las llamaba por su nombre,
era como deshacer el milagro,
yo no estaba.
Recuerdo un tocador inmenso
con sus piezas de mármol,
una cocina, y un lavabo preso en la madera,
como una fuente muerta.
Lo más sorprendente era la caja de agua
con su piedra blanca y la tinaja misteriosa.
¿Dónde estará la niña? preguntaban las costureras.
Mi juego era sencillo, entraba en aquel mueble,
mi cuerpo se ajustaba a la madera,
era la misma sensación de estar en un cofre.
Durante toda la tarde me escondía,
casi sin respirar, para que no me encontraran,
sepultada, en la caja de agua.



Nochebuena

En la cocina brillan las luces de la noche.
Yo mezclo en un crisol todos los ingredientes,
el agua de la tarde y su fiesta.
Tú dices que en las tardesnoches mis manos
huelen a ajo, a secretos,
a soledad envuelta en condimentos.
Siento que los espíritus se apuran
en devorar esos sentimientos,
así viven los muertos nuestra vida.
He puesto velas y un árbol de Navidad.
Dios ha de nacer para morir, pienso,
una palabra anuncia la belleza.



Velada

Cantábamos si la luz redentora te llama buen ser.
Y luego alguna mano pasaba un agua con pétalos de rosa,
una colonia de lavanda y cascarilla.
Y te llama con amor a la tierra,
las figuras vestidas de blanco se asoman a sus vasos,
donde la mano poderosa va dibujando imágenes.
Yo quisiera ver esos seres.
Sobre la mesa un búcaro colmado de rosas,
fragantes y rojas como la sangre inexistente.
Cantando alabanza al divino Enmanuel.
Una resplandor cruza vertiginoso sobre mis ojos
y a mi lado se transforma la voz de la clarividente,
sus manos se crispan,
oye buen ser, avanza y ven.
Hay otra persona a mi lado
que da las buenas noches
y pide agua y muchas flores para su tumba
y canta, canta mucho,
que este coro te llama y te dice ven.



Luz y progreso

Azul, violeta, rojo, humedad, anchura, frío…
Palabras que recuerdo,
percibo sensaciones que me llegan desde lejos.
No me abandona la vida
a cada paso me devuelve ese misterio,
ese insaciable júbilo.
No me abandona este cuerpo,
torcido como una raíz venenosa
que nadie se atreve a cortar.



Ocaso

No sé lo que faltaba,
había una mesa con cinco candelabros,
una mano en la lámpara
que encendía el ocaso
como si fuera un juego de niños,
y la hierba,
esa finísima bruja,
apuraba la angustia.
En la confusión de la tarde
faltaba algo,
pero no puedo acordarme,
era tanto el brillo de las tazas del té,
era tan terrible el canto de los lobos.
Caía la noche
y otra cabeza al cesto,
decapitaba el día a su cómplice.



Noche detenida en la memoria

He descubierto nuevas sensaciones
que ha despertado en mí la tormenta,
a dos aguas caen las palabras
y la noche,
unidas en un mismo manto sobre mi techo.
Un rayo azuza las tinieblas,
el mundo comienza cuando se apagan
los ojos,
el miedo nos envuelve.
Los músculos detenidos
también producen su música,
su vibración, su violencia.



Sombra del condenado

Yo soy quién te habla del otro lado del sendero
altivo caminante no me evites.
No cierres esos ojos que el miedo ha de anularte,
no dejes que se borren las huellas del dolor.
Hay un atardecer que no se acaba nunca,
y rostros en la noche que no tienen vida.
Yo siempre estoy contigo
no es el viento quien mueve las ramas en la noche.
Escúchame, te llamo desde el sitio más solo,
te llamo sin mi voz.
Soy el paso del ciego hacia el abismo inmenso,
y el reo que en silencio se fuga hacia la muerte.
No creas que te acoso, esto no es agonía.
Agonía es no tenerte dormido ni despierto,
sino siempre distante.
Has un alto en tu absurdo camino
Y susúrrame algo, una frase, una queja.
Yo soy tu voluntad
sin mí los cerros altos se tornan imposibles.



Desde que sé tu nombre lo escribo sobre el agua…

Desde que sé tu nombre lo escribo sobre el agua,
porque de agua es tu cuerpo
y tus ojos son agua.
Ese sol ya me anuncia que no has de regresar.
Noche tras noche te he librado de los grandes señores
que con faz tenebrosa tratan de separarnos.
El universo es solo un círculo,
una sutil serpiente que se muerde la cola.
Yo habría querido paz y no la tengo,
yo habría querido descansar y no hay reposo,
yo habría querido ser piedra y soy solo sombra
como tú has de serlo.
Pero tu belleza es tanta,
es tanta tu tristeza
que no puedo llevarte a lo oscuro conmigo.
En aquellos lugares donde la penumbra es luz
siniestras imágenes de lo que fue tu rostro
viven en el agua.
El tiempo no existe,
son dos metales el oro del día y el bronce de la noche
impresos en una misma moneda
que no para de rodar, no se detiene.
Atraviesa laberintos, paisajes difíciles,
atraviesa mi alma atravesada ya
y no llega nunca.
En los días que aquí suelen llamarse noches
he reconocido tu voz
que en el silencio vibra, me condena.
Dame una mano tuya y líbrame del miedo.
Yo vivo en las sombras llévame a la luz,
a la intensa luz.
Han venido a buscarte los Siervos del Maldito,
si en el último momento descubres
mi presencia
sé que te habré salvado.

1 comentario:

Rogerio Moya dijo...

estimada parienta me encantaría tener línea de comunicación con usted.
soy de los quincoses de mayajigua, de centeno, del callejón de la guayabera.
si tienes correo escríbemelo para mandarte una crónica que escribí sobre Valeriana Quincoses, mi bisabuela.
mi correo es rogeriomoya00@hotmail.com
la dirección de mi blog es
www.gavetadelpirata.blogspot.com

un abrazo

moya